24/4/07

La Chanca II

En 1966, el fotógrafo Nicolás Muller atrapó un trozo del Cerrillo de las Cuevas de las Palomas.



Ayer, lo fotografié yo. Me contaron que en las cuevas ya no vive la gente, sino que algunos vecinos del barrio tienen ahí palomares, palomares de criar palomas, vaya.

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Y bajo las viejas Cuevas... los nuevos bloques.

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Te regalan un cante, te invitan a té con pastelillos, te regalan ramitos de hierbabuena, te dejan (por un ratico) compartir una pizca de lo que les hace vibrar. Somos extranjeros en su casa, pero son nuestros vecinos.

A la guitarra, Potito de Almería. Si son capaces de desentrañar lo que les cuenta nuestro joven cantaor se darán cuenta que es un pedazo de su día a día.

Dulces prendas

Té para todos

Té y limonada eran el refrigerio justo para afrontar los treinta grados sin sombra. Las pastas eran la energía para trepar las cuestas de su mundo, esas que ellos suben cada día, incluso los más viejos, cargados con sus bolsas y sus vidas.

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Arriba, el espectáculo llega a ser a un tiempo impresionante y desolador. Y te dan ganas de dar algunas patadas en algunos culos... pero ya llegaremos.

La Chanca

Les hablaba, hace unos días, de fotografías en sepia, retratos del pasado.

Almería abandonó sus retratos en sepia no hace tanto tiempo, siempre la última, siempre a remolque de otras provincias más afortunadas, relegada en medio del desierto y frente al mar, camino a todas partes, destino de nadie.

Y del mismo modo que Almería siempre está entre los vagones de cola de este país de nuestros dolores y nuestras alegrías, de las últimas en el reparto, de las últimas en las preocupaciones... sus barrios muestran esa pluralidad mal avenida de quienes tienen mucho y quienes nada poseen. La miseria, el olvido, son más duros en los márgenes.

Quien visita Almería no se entretiene -y desde luego, hoy por hoy, no es recomendable hacerlo- en visitar los rincones donde la ciudad tuvo su origen, cuando la Alcazaba no era apenas otra cosa que una atalaya vigilando la bahía. La Chanca, el arrabal de Al-Hawd (el Aljibe), a poniente, donde los pescadores, los tejedores, los artesanos, los obreros que en cualquier época han sido, vivían y dejaban descansar -poco- sus maltratados huesos.

La Chanca, barrio marginal donde los haya, ha sido siempre referente de Almería. Poetas como Angel Valente (que vivió en Almería), Celia Viñas (también almeriense de adopción) o Goytisolo, la han dibujado entre sus letras. Sus casas-cubo, cuevas apenas, tiradas contra la ladera al pie de la Alcazaba, han sido representadas en fotografías y cuadros infinidad de veces. Ha parido gente que hoy tiene un nombre a nivel internacional, y de los que apenas se sabe nada en nuestro propio país, como Fermín Estrella, poeta, escritor, profesor y académico exiliado a Argentina, donde murió en 1990. Tomatito, esa guitarra mágica que acompañó tantas veces a Paco de Lucía o Camarón, compartiendo escenarios con Sinatra, McLaughlin, Chick Corea, es hijo de La Chanca.

Sin embargo, debajo del tipismo vestido de cal, como si fueran blanqueados sepulcros, siempre habitó la miseria, el paro, el analfabetismo, la exclusión. Los dramas humanos al otro lado del portón. Esos que nadie mira porque a nadie le gusta comprobar que tiene la miseria al otro lado de la puerta.

La Chanca quiere crecer. Sus gentes, un batiburrillo de payos, gitanos y moros, quieren que su barrio no se quede atrás, que la ciudad no olvide que, allá por los años sesenta, buena parte de los ingresos que la ciudad conseguía tenían su origen en su trabajo, y que nunca recibieron a cambio más que desprecio. Y empujan. Llevan cuarenta años empujando, intentando sacudirse la pobreza, la droga, la incultura. Cuarenta años dejándose la piel para conseguir que los suyos aprendan a valorar y a desear lo que otros alcanzaron antes que ellos.

Hoy, esta que les escribe pasó el día en La Chanca. En grupo porque -duele decirlo- no es lugar donde aventurarse por libre y a solas, que es como suelo visitar lo que visito. Y en grupo trepamos sus cuestas, de donde han desaparecido las casas-cubo enlucidas en cal y colores -verde, teja, azul- para ser sustituidas por esas otras casas que tienen menos tipismo, pero alguna que otra comodidad moderna. En La Chanca, Naima y su gente nos han invitado a té moruno y pastas, hechas en casa. En La Chanca, nos cantaron, más grandes y más chicos, sin faralaes ni cuentos, y bajó la Luna de Plata de García Lorca, pese a todos los avisos de lo que los gitanos iban a hacer con ella. En La Chanca, hoy, no comimos de restaurante de cuatro tenedores, sino los "fideos aparte" y los "caramales" (... mamaaaaa, tenemos "caramales" y tó...), comida de pescadores a bordo de las vacas. En La Chanca, Pepe "El Barbero", cuarenta años al pie del cañón, dando la vara desde la Asociación del barrio, nos habló de sus gentes, de sus problemas y de sus sueños.

Desde aquí, en lo alto del Cerrillo de las Palomas, uno ve la Alcazaba a Levante, desde arriba, y en los días claros y sin calima -no como hoy, que caían los treinta bajo un sol de justicia, y no importa que estemos rozándole los bigotes a Noviembre- se ve toda la bahía. No solo hasta Cabo de Gata, sino hasta la silueta azul de la costa marroquí... que no se vayan a creer que está a la vuelta de la esquina, como en el estrecho.

Lo mismo esta Almería no les parece a ustedes bonita. Tal vez no la encuentren agradable. Pero es tan parte de mi ciudad como el resto. De las Cuevas de las Palomas a la Plaza Pavía; de la Plaza Moscú al Barranco Greppi; del Cerrillo del Hambre a la calle Chamberí, sus gentes luchan, a veces contra ellos mismos y sus ganas de tirar la toalla y dejarse llevar, que es la lucha más dura que uno conoce. Y tienen derecho a que se les mire a la cara, y se les tienda una mano, porque son tan parte de la ciudad como el resto.


Es más... ¿quieren que les diga algo? Entre casas pobres, ruinas, bloques a medio construir y vertederos, las calles de La Chanca estaban -hoy, al menos- mucho más limpias que las calles de mi barrio. Y no he sido yo la única que se ha sorprendido al comprobarlo.

Antes de ver las casas, es bueno ver las gentes.

De entre las gentes, siempre es más dulce empezar por los niños. Ver la vida que brinca, que canta, que sueña a chorros.

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Tiene seis años. Aprieta los puños, encoje el rostro y gime. Pero no es llanto, sino pasión. Canta una canción de cumpleaños, pero no el JapiBerzdei. La suya lleva dentro un duende particular.

Por un rato, ser la estrella de la película, la artista a quien todos aplauden, el corazón de la fiesta, es una delicia. ¿Le robarían ese placer?

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Ella, sin embargo, se arma de paciencia para esperar que los mayores terminen su jornada de trabajo, en el mercadillo de la Plaza de Pavía.

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A veces uno no mira cuando aprieta el disparador, y luego se sorprende cuando por una esquina asoma la caricia de una sonrisa y por la otra la inocencia de una mirada.

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Y, aunque esto no sea Jaen, pueden llamarlas Aixa, Fátima y Marién. Y dejarse enamorar.

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Té, limonada, música y sonrisas. Con pañuelos o sin pañuelos, con ajorcas o sin ellas, destapadas o tapadas... ¡Ojalá el mundo fuera así de amable más a menudo!

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Ni batas, ni delantales, ni lunares, ni flores en el pelo. Blusón y tejanos, una guitarra, una caja, una miajita de arte... y la luna lorquiana baja a plena luz del sol, a dejarse cantar.

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Y, al cabo, nada lo explica mejor que la voz de una guitarra.

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Mañana llegarán los paisajes, más duros. Pero será mañana... que siempre es otro día.



Emigrantes, Inmigrantes... los extremos se tocan

El domingo pasado, La Voz sacó a la venta, junto con el periódico, una colección de postales en blanco y negro de la ciudad y de algunas poblaciones, tomadas entre los años 1900 y 1910. Almería Modernista, lo han llamado.

Ocho postales entregaron el domingo, junto con el album para guardarlas, y tres más entregan de lunes a viernes con la prensa. Para mí, que paseo la mirada por las calles de esta ciudad buscando los vestigios de su pasado tanto como las huellas de su presente, representan un hallazgo, supongo que lo comprenderán.

Contemplar el pasado siempre nos ayuda un poco a poner en su debida perspectiva el presente. No hay como observar aquello de lo que se carecía para apreciar aquello que se ha conseguido; del mismo modo que no hay como observar aquello que existía como para ser conscientes de lo que se perdió.

Una postal, sobre todas las que llevan entregadas, me ha llamado poderosamente la atención y me obliga a meditar. Les explico: Es una fotografía de 1907, que se dice (lo dice el título de la postal, porque no hay nada en la imagen que la identifique) de la playa de Garrucha. En ella se pueden ver, en primer plano, dos cayucos cargados de hombres de tez oscura, vestidos pobremente. A la izquierda de la fotografía aparece una pareja de la guardia civil de la época; fondeado a unos centenares de metros, un buque que señalan como el vapor Numancia -dos mástiles y chimenea, o sea, de los primeros buques mixtos de vela y vapor-. La fotografía tiene casi cien años. La podríamos haber tomado ayer, o anteayer.

Solo hay una diferencia entre aquellas imágenes y las que tomaríamos hoy.

Los embarcados son emigrantes, que los cayucos recogen en la playa para embarcar en el vapor, con destino a Orán.

Ayer iban. Hoy vienen.

Eso es todo.

La memoria del horror

Entre la estructura de hierro del Cable Inglés y el soleado bosque de mástiles del Club Naútico, al borde de la playa, se alzan los blancos troncos de una arboleda pétrea. Es este un bosque de columnas, ciento cuarenta y dos en total, que sostienen tan solo el aire, límpido, azul, sobre sus inexistentes capiteles; árboles sin copas, decapitados.

Tiene muy pocos años -lo colocaron en Mayo de 1999- y la gente pasa a su lado sin prestarle demasiada atención o ser consciente de lo que representa. Muchas veces preferimos, porque es más sano, olvidar. Pero este pequeño bosque blanco se levantó en memoria de los almerienses (entre otras muchas víctimas) que cayeron en Austria, en los campos de concentración de Mauthausen y Gausen, entre 1940 y 1945.

En Marzo de 1998, dos almerienses, Antonio Muñoz Zamora y Joaquín Masegosa Rodríguez, ambos supervivientes del campo de concentración de Mauthausen, recibieron la Medalla de Andalucía. Muñoz Zamora había nacido en 1919 en Almería, y fue deportado a Mauthausen junto a muchos republicanos españoles capturados por la Gestapo en Francia. De aquel millar largo de andaluces apenas sobrevivió un tercio. Fue pues, junto a Masegosa, testigo directo de un horror que tuvo lugar no hace tanto tiempo, en el corazón de esta Europa que damos en llamar "civilizada".

Por su implicación en la resistencia francesa, Antonio Muñoz fue condenado a la cámara de gas, aunque también le valieron que la República le concediese la Cruz de Guerra. Liberado del horror de Mauthausen por los aliados fundó, con el también almeriense Joaquín Masegosa y otros supervivientes, la Asociación Amical de Mauthausen, de la cual fue delegado en Andalucía. Supongo que recordarán algunos de ustedes la "Amical de Mauthausen" por el affaire Marco, que tanto eco tuvo no hace demasiado tiempo.

Existe un libro, llamado "Andaluces en los campos de Mauthausen" que reune documentos históricos acerca de los que allí padecieron. Muchos murieron en Gusen, campo al que iban destinados los republicanos españoles. El primero en morir fue José Martínez Escabona, el número 3.394. Era malagueño, de Fuengirola, y tenía 52 años.

Pues bien, el monumento en cuestión se levantó, a petición de la Amical de Mauthausen, para conmemorar el quincuagésimocuarto aniversario de la liberación del campo.

Los muertos almerienses fueron ciento cuarenta y dos, tantos como columnas tiene el cenotafio. Cuenta José Sedano Moreno, historiador y fundador del Centro Virgitano de Estudios Históricos, en un artículo de La Voz de Almería (marzo de 1995), que lleva muchos años investigando el tema, lo siguiente:

En el primer convoy que salió de la ciudad francesa de Angulême con deportados para Mauthausen en agosto de 1940 iban, entre otros, familias completas: padres, madres e hijos. Entre ellas la familia Cortés García, de Pechina (los padres y siete hijos), y la familia Quesada Herrerías (los padres y un hijo) de Serón. Después de cuatro interminables días en vagones de ganado [...] el tren se detuvo en la estación del pueblo de Mauthausen.

Bajo golpes y gritos los soldados SS obligaron a bajar a los varones mayores de catorce años. Las mujeres y los menores de esa edad no llegaron a bajar. Volvieron al lugar de procedencia pero por un recorrido mucho más largo, tardando 18 días en llegar. De la familia Cortés-García que había emigrado antes de la guerra civil al Prat de Llobregat, quedaban dentro de los muros de Mauthausen el padre, Francisco, y los hijos mayores de 14 años: José, -herido en una pierna porque fue soldado en la guerra española- Jacinto y Manuel, con apenas diecisiete años uno y quince el otro.

Por parte de la familia Quesada-Herrerías quedó el padre, Ciríaco, y su hijo Felix. [...] Francisco y José Cortés quedaron allí para siempre, el resto logró sobrevivir.

Varios almerienses en el Poschacher.
Pero lo que realmente toma una dimensión importantísima fue la creación del Kommando Poschacher. Poschacher era el apellido de un civil de Mauthausen que poseía una cantera de granito en explotación. Pidió mano de obra al campo de Mauthausen y su Comandante, Franz Ziereis, le mandó entre 40 y 50 (los historiadores no se ponen de acuerdo) adolescentes. Entre ellos Jacinto, su hermano Manuel, Felix y otro almeriense, Rafael Castillo Díaz (de Doña María). Este último no llegó en el convoy de Angulême, sino que pasó antes por un Stalag (campo de prisioneros en tránsito).

Todos los días este grupo de adolescentes salía custodiado del campo principal hacia la cantera, distante entre tres y cuatro kilómetros. Posteriormente se relajó la custodia y ellos iban y venían. En medio del camino vivía la señora Poltner, antinazi que, con el tiempo, hizo amistad con, entre otros, Jacinto Cortés.

Dentro del campo principal y concretamente en el laboratorio de revelado fotográfico, estaban destinados dos españoles, Antonio García y Francisco Boix. Este último fue haciendo una copia más de cada uno de los negativos que les entregaban los SS. Ante el temor de que se descubriese, se las fue entregando a Jacinto Cortés, poco a poco, y éste las escondía en la cantera Poschacher.

Jacinto supo que iba a ser trasladado a la ciudad de Linz en pocos días, y le hizo entrega a la señora Poltner de cerca de 20.000 negativos que le había ido entregando Francisco Boix, ella los escondió sacando unas piedras de un muro del huerto de su casa y volviendo a colocarlas luego en su lugar, lo que hizo saber al propio Boix.

Éste, cuando el campo fue liberado en mayo de 1945, fue a recoger los negativos. Fue el único español que declaró en el juicio de Nüremberg, y sus fotografías pudieron demostrar que Himmler y Kaltembrunner habían estado en Mauthausen.


José Sedano Moreno - Historiador (para La Voz de Almería, domingo 13 de marzo de 2005


En el corazón del bosque blanco, se alza un monumento. Y ese monumento, también de blanca piedra (mármol de Macael), representa el duro trabajo en aquella cantera Poschacher, que a tantos les costó la vida.

Memoria de Almería - Los campos del horror








De Toros y de Plazas

Estamos en Feria. Hablemos una mijita de toros... o mejor dicho, de plazas.

En Almería se tiene constancia de lidia de bravos desde mediados del s. XVI, recien rendida la plaza. Fue, sin embargo, allá por 1563 cuando los toros empezaron a lidiarse en la Plaza Vieja, que es plaza porticada. Allí se reunía la multitud, mientras la nobleza contemplaba el espectáculo desde las rejas de los balcones. La primera corrida de toros propiamente dicha -no novillos, ni encierro- de que se tiene constancia es allá por Enero de 1654. Pocos años después, durante las fiestas de la Virgen (que eran entonces en Enero) tiene lugar una curiosa anécdota que se convertirá en costumbre enraizada a lo largo de los siglos. Y es esta:

El 16 de enero de 1667 hay corrida de toros en la Plaza Vieja. El cabildo municipal tiene por invitados a ciertos poderosos sevillanos que contemplan, con ellos, la fiesta. Calor, lo que se dice calor, no hace y, en un determinado momento, los próceres deciden interrumpir la lidia y entrar a merendar. Por cierto a la merienda no está invitado el pueblo llano, como es de suponer, que espera abajo, impaciente y aterido, mientras los de siempre se regalan las tripas, protestando por lo bajo: Pero ehto q'eh lo qu'eh...? Concluído el convite, los nobles vuelven a salir y la fiesta continúa.

Al día siguiente, hay corrida de nuevo. Esta vez no hay invitados de ninguna parte, así que el cabildo no interrumpe la lidia. Pero he aquí que se encuentra con que la gente había tomado buena nota: se han presentado con su merienda a cuestas, tasajo, chorizos (o sardinas arenque, cada quien lo que buenamente puede) y botas de vino o cántaros de agua. Y están dispuestos a interrumpir lo que haya menester, igual que se interrumpió el día anterior para los poderosos. El cabildo no está por la labor. La gente toma la plaza, se sientan en el "ruedo" y se ponen tan ricamente a merendar. Y hasta que no terminan no hay toro ni niño muerto. Los almerienses, ya lo irán viendo ustedes, no se achicaban tan fácilmente, aun siendo pocos y de (relativamente) sencillo contentar.

Así, el 17 de enero de 1667 se establece, en Almería, la costumbre, rito o fiesta de guardar, de interrumpir el festejo taurino justo después del tercer toro, para merendar. Cosa que no se hace en ninguna otra plaza de España (los navarros meriendan, pero no interrumpen los toros... cada quien masca y contempla, al mismo tiempo). Todavía hoy, aparte de los que llevan sus neveras playeras con la merienda, desde casa, la confitería "La Dulce Alianza", en el Paseo, sigue preparando las cestas de merienda para los toros y presentando en sus escaparates la variedad de saladitos o dulces con que se acompañará la tarde y que incluyen hasta el cava, por si apetece o fuera menester.



Durante mucho tiempo las corridas de toros siguen ofreciéndose al público en la Plaza Vieja. Las rejas de los balcones son, sin embargo, demasiado reveladoras para el pudor de la época. Así, para que a las señoras que se sientan en ellas a ver los toros no se les vayan a ver las piernas -¿recuerdan ustedes aquello del muy almeriense Manolo Escobar? ¿No me gusta que a los toros vayas con la minifalda... la gente mira p'arriba porque quiere ver tu cara y quiere ver tus rodillas? Pues más o menos. Así, se empizan a cubrir las rejas con sábanas, o cortinas, o lienzos... pronto, estos serán reemplazados por los grandes mantones de Manila, que no faltan en ningún balcón ya que se convierten en demostración del poder adquisitivo de la casa. Marfil, rojo, negro, colores vivos, floreados, bordados delicadísimos y suntuosos empiezan a vestir la plaza, al tiempo que sirven al propósito de guardar el decoro.





Almería, soportales de la Plaza Vieja (actualmente en rehabilitación) y fachada del Ayuntamiento, con su reloj, cuyo carrillón anuncia las horas con la musiquilla del fandanguillo de Almería.

Por fin, se decide construir en la ciudad una Plaza de Toros. La plaza tiene dos pisos y está muy cerquita de mi casa. Se levanta en piedra, ladrillo y hierro; con sus correspondientes corrales con capacidad para albergar ganado de dos corridas, caballerizas, enfermería y demás; y tiene capacidad para casi diez mil personas. La comienzan en 1882, pero no se inaugura hasta varios años más tarde, durante las fiestas de la Virgen del Mar. Concretamente, el 26 de agosto de 1888. El cartel de aquellas fiestas está formado por Rafael Molina Sánchez "Lagartijo" cordobés, contemporáneo y antagonista de "Frascuelo", que moriría en Córdoba dos años más tarde, y Luis de Mazzantini y Eguía, "Mazzantini", italo-vasco, apadrinado por el anterior y que tras retirarse de los ruedos llegaría a ser concejal en Madrid y gobernador en Guadalajara y Ávila. Se lidiaron para la ocasión toros de la ganadería de Veragua.

Sin embargo, las almerienses conservan la costumbre de ir a la plaza con sus mantones y dejarlos reposar ante ellas, por los tendidos, con el mismo propósito que antaño tuvieran en la Plaza Vieja, esto es... tapar el revoleo de las faldas. Así, la plaza de Almería se convierte en un muestrario de colores y bordados, y por eso la llaman "La Guapa", porque se engalana de la cabeza a los pies con seda y flores.



Almería, Plaza de Toros y detalle de la ornamentación de la puerta grande.



Almería, tarde de toros.


Hora de merendar. ¿Ustedes gustan?

Fe de "e-rratas"

Bueno... allá por Noviembre, una amiga me hacía esta pregunta:

...
Una cosa que me llamó la atención allí es la pervivencia de las denominaciones populares o tradicionales de los sitios, sin importar cual fuese el nombre oficial. Me estoy acordando de "la plaza de los burros" o "la plaza de la leche" (justo donde cae Correos, y no lo digo con segundas) No se si aún se utilizan esas denominaciones:

Y yo, que andaba muy recién llegada, le contesté:

El Marqués de Heredia era un diplomático y político sevillano, que ocupó cargos durante el reinado de Fernando VII, el (nuncabien) Deseado, y que fue desterrado a Almería en 1819, cuando cayeron sus protectores. Fue después embajador en Londres y París, y después nombrado Ministro de Fomento. En 1937 encabezó un gobierno moderado que se fue a hacer puñetas en un año, sin haber resuelto ni uno solo de los problemas políticos generados por las trifulca carlista. Uno más. Pero no crean, lo de Plaza de los Burros o de la Leche no es un torpedo a él o sus muy numerosos imitadores... es simplemente que allí paraban los borricos cargados con las cargas de leche fresca diaria, si no me lo han explicado mal.

El caso es que la respuesta está equivocada. No. No me lo explicaron mal. Es que a mí me lucieron las "entendederas", como casi siempre...

Sin embargo, en estos días, recorriendo la ciudad con guía, nos han explicado de ambas plazas, así que vuelvo para corregir la "rata".

La plaza de los Burros es, tal como explicaba, la Plaza Marqués de Heredia. Y se llama así porque en ella paraban las bestias de carga con los artículos que iban a vender, y también carros, carruajes... era un parking de la época, vamos.

Pero, como bien señalaba mi amiga, la Plaza de la Leche se encuentra justo frente por frente de Correos. El nombre que figura en la placa -y en los mapas- es Plaza Juan Cassinello. Pero no les recomiendo que le pregunten por ella a ningún almeriense de a pie porque lo más posible es que no la conozcan ni sepan donde está, aunque pasen por encima de sus baldosas varias veces al día. Pueden preguntar, y obtendrán mejor resultado, por la Plaza del Educador... aunque por este nombre no darán con ella en las guías turísticas. Pero si quieren dar con ella sin perderse, pregunten por la Plaza de la Leche: son capaces de llevarles de la mano.

¿Y? ¿Por qué Plaza del Educador?... pues la llaman la Plaza del Educador porque en ella hay un pequeño grupo escultórico dedicado, precisamente, al Educador, al maestro, a quien vemos dando lecciones en un pequeño jardincillo a dos críos que atienden a sus pies.

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¿Y? ¿Por qué Plaza de la Leche? Pues verán, respecto a eso hay dos versiones distintas y cada quien cuenta la que se le antoja o conoce, eso si no te cuentan las dos, y tú decides:

Donde hoy está el jardincito con el grupo escultórico hubo un kiosko donde los sábados tocaban música. Remodelaron la plaza y quitaron el kiosko, pusieron los jardines y en el jardín la estatua. Pero desde que la pusieron hasta que la inauguraron pasaron la friolera de dos años -aquí, las cosas de palacio van despacio y la prisa es mu mala para la salú-. Durante esos años la estatua permaneció tapada con una lona o lienzo, que no permitía ver lo que había debajo. Por lo visto, el soniquete del paisanaje, harto de ver un día y otro el bulto tapao con un capuz, era:

- ¿Qué leche será la cosa esa?

Y se le quedó la Plaza de la Leche...

La otra explicación, no por más lógica más plausible, es que a esa plaza traían por las mañanas, en tiempos, las cabras. Y allí las ordeñaban y vendían a los almerienses la leche fresca -o caliente, según se mire- de cada día.

Aquí las placas se apilan unas sobre otras la mayor parte de las veces pero, si por algún casual se quitan, eso no significa mucho. La gente sigue haciendo lo que le da la gana. A veces es absolutamente desconcertante... pero suele tener apaño.

La Feria II

Eran poco más de las siete cuando salí de casa. Ni bolso, ni mochila, ni bandolera, ni ná de ná. Para algunas cosas lo mejor es ir ligerito, pendiente de lo que tienes que estar pendiente. Así que, la FUJI, una carga de pilas, las llaves, el móvil y un billete de 5€, pa por si acaso.

En cuando giré por Pablo Iglesias el ventarrón vino a darme en los morros con tal fuerza que me di media vuelta, en busca de la gorra y una chaqueta, no fuera a ser que la incomodidad del frío me hiciera batirme en retirada antes de lo esperado.

Y esta vez sí, con la chaqueta al cinto y la gorra calada, troté calle abajo contra el viento que trepaba sorteando los árboles.

- Mal vamos... se nos va a fastidiar la Cabalgata.

Allá, al pie de la cuesta, donde Pablo Iglesias confluye con Puerta Purchena, parte de las carrozas ultimaban los preparativos, y sus ocupantes, a medio enjaezar, se mezclaban con el paisanaje.




En Puerta Purchena, donde la gente se iba arracimando, sucedía sobre poco más o menos lo mismo. Todos andaban a la espera de que, a las ocho, Juan Andújar, ex-árbitro de fútbol y pregonero de este año, tocara el dichoso silbato para empezar la fiesta.





Por fin, terminado el pregón, ocurrieron dos cosas a un tiempo: el viento se calmó, como si hubiera obedecido al toque de silbato, y las carrozas fueron apareciendo, una tras otra. La primera con Leopold Mozart y su criaturita, sentado ante el clave, abría la marcha e iba presentando el resto. La segunda, alegoría de la época juvenil de un enamorado Mozart, con acompañamiento musical y travesuras variadas. La tercera, un Mozart adulto, ya famoso, pero al que le crecían hijos y problemas. La cuarta, con Don Giovanni fuera y dentro de una gigantesca burbuja. La quinta, con el misterioso encargo del Réquiem, cuando la enfermedad y la pobreza se cernían sobre el genio y, por fin, una sexta, aunque no exactamente una carroza: La Flauta Mágica.





Los espectadores contemplábamos atentos la puesta en escena, colores y música que se iban abriendo poco a poco, como abanicos. Cuando, por fin, las seis carrozas estuvieron reunidas, la Cabalgata se puso en marcha.

la Batalla de Flores de ayer tarde.

Menos cultural. Más tópico típica. Otro tipo de diversión, quizá más dirigida a los chiquillos; es decir, lo habitual: Carrozas de muñequitos llenas de criaturas vestidas de faralaes, confetti, serpentinas de colores, flores, bandas de música y caramelos.

Empezó justo al ladito de mi casa, en La Gloria, donde me aposté y pude pillar la magia de los niños cuando están ilusionados por algo, no importa su origen (fíjense, por ejemplo, en los achinaditos rasgos de la flamenquita vestida de rosa de la segunda fotografía). Pasen. Vean:





Seguí la cabalgata, calle Granada, Puerta Purchena, Paseo abajo hasta llegar a la Rambla. Las bandas de música iban a lo suyo, esto es, la música. Aunque alguno de los temas -una es así- me hizo enarcar la ceja justo antes de soltar la carcajada. En ese preciso instante me acordé de Maese... ¿qué tocaba la banda? Pues... "Pasión de Gavilanes".



Resultaba un buen lugar para atrapar a los grupos folclóricos haciendo una demostración de su arte. Por orden de aparición iban España:



Argentina y sus magníficos gauchos, Polonia:





Ucrania:



Y... si mi capacidad para identificar banderas no me falla, Siria. El grupo árabe era absolutamente magnífico, pero levantaba tanta expectación que me resultó imposible conseguir una toma decente. Todo el mundo es más alto que yo, por más que me suba encima del bordillo de un parterre.

Mientras las carrozas giraban Molina Alonso adentro y se dedicaban a culebrear por la calle Altamira yo me lancé directamente Rambla arriba, esperando encontrar el hueco justo en el Anfiteatro, que me permitiera "pescar" el fin de fiesta. Lamentablemente, la fiesta terminó una miajilla antes, y al Anfiteatro solo llegaban ya las carrozas vacías y la chiquillería muerta de sueño y cansancio. Amén de que mi capacidad con la cámara para las fotos nocturnas raya en la nulidad más absoluta. Sin embargo, pude pillar a dos pequeñas "polonesas" rendidas una junto a otra, en el último reposo antes de retirarse a sus reductos, cansadísimas después de dos horas bailando y caminando.



La simpática parejita argentina -dejé la foto allí, donde Alexa- accedió a posar con gentileza y, como fin de fiesta, una morena y una rubia, hijas del pueblo de Ucrania, me ofrecieron su más rutilante sonrisa mientras sus largas trenzas (que imagino postizas) se tocaban, y en un inglés algo sincopado, tratamos de entendernos como mínimo para saber sus nombres. Les presento a Kate (la morenaza) y Olga (la rubita):



De vuelta a casa -había cerrado el círculo- me fui cruzando con la gente que regresaba del coso, finalizado el espectáculo. Entonces me acordé de Burladero y pillé, de muy mala manera, esta fotografía de la puerta grande, con el albero y las gradas ya desiertos.